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Se realiza en Lima la primera jornada espiritual para artistas populares |
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Lima.- El pasado 7, 8 y 9 de julio, ICTYS llevó adelante la primera jornada espiritual de reflexión sobre arte popular católico. Al encuentro asistieron artistas populares de distintas localidades del Perú, entre los cuales figura el ganador del Concurso Nacional de Nacimientos 2007, Edwin Huasacca, el maestro quinuino Mamerto Sánchez, el retablista y escultor en piedra de Huamanga Benjamín Pizarro, entre otros. Durante los tres días que duró la jornada, se expusieron y se discutieron sobre el arte popular, sus raíces y su identidad. También se abordaron temas sobre el artista y su lugar en la configuración de la cultura. Los expositores fueron Javier Leturia A., Director de ICTYS, Lucía Claux de Tola, Presidenta de Fundades, el arquitecto y pintor Miguel Alfaro W., Director de Sacro Arquitectos, el R.P. Javier Alvarado Z. y el fotógrafo y pintor Sebastián Correa E.. El ambiente que se vivió durante los tres días en la jornada fue de profunda reflexión. Los artistas compartieron sus vivencias en torno a la tradición que portan con su arte, también sus experiencias en relación al mundo laboral y cultural. “Nunca nos habíamos juntado a reflexionar sobre nosotros. Esto es algo único que tenemos que seguir realizando” comentó el alfarero Edwin Huasacca. Por la noche del martes 8, el grupo Takillakkta asistió al encuentro y ofreció un repertorio especial para los participantes de la jornada. Ellos acogieron a los integrantes de Takillakkta con entusiasmo y alegría. Finalizados los cantos tuvieron un momento para compartir sobre el arte y la vida cristiana. El día miércoles, los artistas recibieron capacitación a modo de preparación para el Concurso de Nacimientos 2008, revisando los elementos teológicos e iconográficos que acompañan los pasajes que van desde la anunciación-encarnación, hasta la huida de Egipto. También fueron capacitados en la utilización de medios como la Internet para poder alcanzar nuevos mercados. La jornada se realizó con mucha intensidad e interés. Desde ya existe el compromiso de generar diversas ocasiones que permitan ahondar y vivir más intensamente el llamado a la vida cristiana y desde ese compromiso ser portadores de esperanza. |
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¿Por qué leer el Quijote? - Por José Manuel Rodríguez Canales |
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Julio 1 de 2008 José Manuel Rodríguez Canales Luego de ver la puesta en escena del clásico cervantino he vuelto a leerlo. Se me ocurrió entonces la pregunta del título. Y como jamás la propaganda de una obra la hizo buena o mala sin la experiencia de encontrase con ella, me dedico a esbozar algunos rasgos que pude entresacar de leer y ver las aventuras del famoso hidalgo manchego. Tengo la esperanza de que sirvan para despertar algo de sed por leerlo. Si esto ocurre me daré yo por bien servido y los lectores por aprovechado el tiempo que gastaron en leer este comentario. Desde el prólogo el libro es una exquisita ironía sobre la erudición. Y la ironía sobre los libros sesudos, siempre anima al lector de la calle. El Quijote es un libro popular, y lo es porque es original, es decir, no tiene prácticamente antecedentes, si no es en Cervantes mismo, la historia de un hombre que enloquece leyendo y en su locura propone las más grandes virtudes, estableciendo un inmenso juego entre realidad y ficción en el que muchas veces es la ficción la que lleva a actuar del modo más realista y virtuoso. Todo se dispara con la famosa narración de cómo enloquece don Alonso Quijano: “Del poco dormir y mucho leer se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio”. De tal forma que pasó de los diálogos y comentarios típicos del fanático de algún pasatiempo a la acción: “vino a dar en el extraño pensamiento que jamás dio loco en este mundo, y fue que le pareció convenible y necesario… hacerse caballero andante, e irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras…” y se hace caballero él y convierte en gran corcel a su maltrecho rocín y le pone por nombre Rocinante por estar antes que todos los corceles y rocines del mundo.
La descripción de la construcción de las armas y armaduras de este hombre reseco que frisaba los cincuenta años, metido en su granero desempolvando y limpiando unas lanzas mohosas de sus antepasados, construyendo con cartones, es una de las figuras más cómicas que pudieran imaginarse. Y como ella otras cuatrocientas mil que el libro entero ofrece, amén de los juegos y requiebros de complicidad que el autor establece con el lector, en los que siempre sorprende por la delicada armonía entre buen juicio y sensatez y el fondo de loca imaginación que disparó y sostuvo la historia desde la partida de don Alonso hasta su serena muerte, lance doloroso en el que el mismo Sancho quiere trocar su lucidez por la bendita locura de su señor. Así que yo diría que una primera respuesta a la pregunta sería esta: porque te va a reír hasta llorar. Pero no te reirás por burla o malignidad sino por complicidad en el bien. El Quijote es una gran invitación a profundizar en una virtud bastante olvidada que a mi entender es indispensable para vivir: la eutrapelia, la virtud del buen humor. Decía Chesterton que el demonio había caído del cielo por la fuerza de la gravedad, es decir, la ausencia de buen humor. Y el Quijote es ante todo eso: un enorme y tan buen chiste que te hace reír solo, como un loco y que no le puedes contar a nadie que no tenga la paciencia de leerse las casi mil páginas que tiene. Me detengo entonces en este primer fruto de mis experiencias con el Quijote: el buen humor como virtud. |
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Una aproximación al arte desde la categoría del “encuentro” - Por Fernando Gutiérrez V. |
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Junio 8 de 2008 Por Fernando Gutiérrez Velásquez El término “arte” [del latín ars, traducción del griego tékhne] se ha usado a través de la historia para designar cosas muy diversas. Ya entre los griegos era entendido en sentido amplio como aquella forma de saber orientada al hacer, se trataba pues de “saber hacer algo bien” y aquí se incluían cosas tan diversas entre sí como la agricultura y la pintura. Sin embargo, ya desde el mismo Aristóteles se vislumbraba una clara distinción entre las artes que tenían por objeto el responder a necesidades, es decir, la utilidad; y las otras que estaban orientadas simplemente al placer y la belleza. Para el Estagirita estas últimas serían muy superiores y se acercarían más a las ciencias justamente por su carácter libre y no necesario. Con el tiempo, el término “arte” iría restringiendo su sentido para significar la mayoría de las veces —aunque no siempre— aquel saber hacer orientado al placer y a la belleza, lo que ha venido a llamarse las “bellas artes”. Aún en este uso más restrictivo del término no hay ni asomos de acuerdo entre el sentido e implicancias de lo que es el arte. Algunos centran su esencia en la mimesis o imitación de la naturaleza; otros más bien en la plasmación pura y absoluta de la creatividad del artista sin que se deba buscar otro referente ni otra categoría de juicio más allá de esa creatividad, o, en el mejor de los casos, del contexto cultural y personal que contribuyó a su formación. En todo caso la pregunta por lo qué es el arte y cuál es su función permanece abierta; incluso su vinculación o no al placer y a la belleza han venido a ser puestas en cuestión.
Sin pretender ni por asomo solucionar en tan pocas líneas este problema, sí me gustaría proponer una aproximación al asunto desde el marco y la categoría del “encuentro”. Bien sea entendido como imitación de la naturaleza, bien como algo puramente creativo y nuevo, o bien como algo que tiene de parte y parte; parece posible decir que el arte es siempre algo que brota de una experiencia de encuentro del artista con la realidad aunque no sea más que lo que él considera su propia y exclusiva realidad interior. Pero la categoría de “encuentro” es una categoría abierta y en el arte esto también queda manifiesto. La misma obra de arte —que como hemos visto es fruto de un encuentro—, cuando es verdaderamente una obra de arte, termina convirtiéndose —incluso más allá de la supuesta o real intención del artista— en propiciadora de nuevos encuentros. ¿Cuál si no es el sentido de que se exhiban las pinturas y esculturas en las galerías o que se ofrezcan conciertos de música o se presenten las obras de teatro o ballet? Por eso para contemplar adecuadamente una obra de arte hay que aprender a encontrarse a través de ella con el artista que la creó y también con la experiencia que le dio origen y quizás, yendo aún más lejos —de la mano del artista y con los ojos del artista— con aquellos aspectos de la misma realidad con la que él se encontró en primer lugar y que con su arte es capaz de sacar a relucir para nosotros. |
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